Dejar lo ajeno y desear lo propio...
LEÍA en el primer número de la Revista De Filosofía de AGOSTO DE 1949, en su introducción, una interrogante de esas de las que uno no sabe si se hacen por presumir al hacerlas, por descuido o por un verdadero deseo de responderla, cosa que hubiera parecido lo más lógico: "¿No nos corresponde también a nosotros, en un país que trata sinceramente de incorporarse al mundo de la cultura occidental y que busca la afirmación espiritual de si mismo, dar cabida al grado más alto de experiencia consciente?", !Qué pregunta! Que nos correspondía también a nosotros, a Chile, incorporarnos a qué, a qué cultura occidental?! Como si Occidente fuera un proyecto ya acabado, en esos días y menos en los nuestros, que más bien está en decadencia!
SINCERAMENTE, y quiero decir "sinceramente" -por el mejor desarrollo de nuestro propio pensamiento- fue y es mejor no incorporarnos a nada y permanecer discurriendo nuestras propias cuitas y que el resto, los intelectualistas de siempre, adoradores y cultores de lo extravagante, ni se enteren de cuánto ocurra acá, con nuestra filosofía, ni con nuestra cultura. Ya lo sabemos, la globalización trajo papeles sucios a nuestro terruño, trajo ideologías invertebradas, que al pisar nuestro suelo se hundieron como en fango espeso, y lo peor de todo, muchos de los nuestros en los mismos derroteros, aún sin pisar tierra firme, tierra propia, nacional para el porvenir de sus ideas.
Y era necesaria esa sinceridad intelectual. !No sabemos, ni podemos, ni debemos salir al mundo! Por qué? Aún no hay filosofía, una perenne, propia, que nos identifique, ni entre nosotros, menos ante los demás. Y me replican: a qué tener propia filosofía si ya otros la cultivan desde hace ya milenios? Y les respondo, a mi pesar, que, entonces, la filosofía que se nos ha metido en las entendederas desde pequeños es insuficiente, o mentira, o un fraude, o un adiestramiento malévolo que busca apoderarse de nuestras capacidades y buena voluntad en el pensamiento. Seamos sinceros, y seamoslo siempre: o buscamos cuál sea nuestra filosofía, nuestro método de explicar las cosas y de decirlas, o abandonemosla y desterremosla para siempre de nuestros colegios. Nuestros jóvenes no se merecen perder su tiempo y dinero. No se merecen quedar sin respuestas propias a cambio de las ajenas. Ese es el mal de querer insertarse en la historia de Occidente a la fuerza, ello supone traer armas que no sabríamos usar, ignorando que poseemos balas propias para defendernos.
PERO es tarea nuestra dar vida a nuestra filosofía, la salvífica. Y no la hallaremos en las universidades como muchos creen, en los claustros, sino en el reflexionar mismo sobre todo cuánto nos ocurre, en el uso de nuestros modismos y lenguaje, mirándonos, y compartiendo reflexiones que ocurren en nuestro ámbito propio de la realidad...
SINCERAMENTE, y quiero decir "sinceramente" -por el mejor desarrollo de nuestro propio pensamiento- fue y es mejor no incorporarnos a nada y permanecer discurriendo nuestras propias cuitas y que el resto, los intelectualistas de siempre, adoradores y cultores de lo extravagante, ni se enteren de cuánto ocurra acá, con nuestra filosofía, ni con nuestra cultura. Ya lo sabemos, la globalización trajo papeles sucios a nuestro terruño, trajo ideologías invertebradas, que al pisar nuestro suelo se hundieron como en fango espeso, y lo peor de todo, muchos de los nuestros en los mismos derroteros, aún sin pisar tierra firme, tierra propia, nacional para el porvenir de sus ideas.
Y era necesaria esa sinceridad intelectual. !No sabemos, ni podemos, ni debemos salir al mundo! Por qué? Aún no hay filosofía, una perenne, propia, que nos identifique, ni entre nosotros, menos ante los demás. Y me replican: a qué tener propia filosofía si ya otros la cultivan desde hace ya milenios? Y les respondo, a mi pesar, que, entonces, la filosofía que se nos ha metido en las entendederas desde pequeños es insuficiente, o mentira, o un fraude, o un adiestramiento malévolo que busca apoderarse de nuestras capacidades y buena voluntad en el pensamiento. Seamos sinceros, y seamoslo siempre: o buscamos cuál sea nuestra filosofía, nuestro método de explicar las cosas y de decirlas, o abandonemosla y desterremosla para siempre de nuestros colegios. Nuestros jóvenes no se merecen perder su tiempo y dinero. No se merecen quedar sin respuestas propias a cambio de las ajenas. Ese es el mal de querer insertarse en la historia de Occidente a la fuerza, ello supone traer armas que no sabríamos usar, ignorando que poseemos balas propias para defendernos.
PERO es tarea nuestra dar vida a nuestra filosofía, la salvífica. Y no la hallaremos en las universidades como muchos creen, en los claustros, sino en el reflexionar mismo sobre todo cuánto nos ocurre, en el uso de nuestros modismos y lenguaje, mirándonos, y compartiendo reflexiones que ocurren en nuestro ámbito propio de la realidad...
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