Para no despreciar las propias verdades
Así como el añorado escribir y pensar del bueno de Unamuno, aún no valorado en justa medida, hallome casi en las mismas, escritor para mí mismo, sin lector real que lo quiera a uno, pues ése es el lector que una busca y no encuentra, uno que diga, hable, que piense, que grite o calle todo cuánto digo, que se exprese ante mí o los demás, o ante sí, pero que exista... Hallome con mis palabras, curiosas por el qué pensarán más que por el qué dirán, sin dibujos, sin imagen alguna que oculte ni disfraze significado alguno de lo que escribo: como usted mi viejo amigo me encuentro, pues cuando escribo busco decir el ser que hallo en el ámbito propio de la realidad, no ese del que hablan, latamente, en los claustros universitarios, en los monasterios de la historia de la filosofía, ni, últimamente, desmembrado en las redes que llaman sociales. Pareciera ser que lo cotidiano es despreciado, que se desprecia y se avergüenzan de lo que llegamos a pensar y reflexionar sin estudio, sin adoctrinamiento, sin antecedentes previos. Y si les pregunto si existe la verdad más allá de las teorías y complejos sistemas, qué dirán? Qué pensarán? Ah! Que otros lo resuelvan, que yo no sé, no me compete, ni me interesa!
La soledad, lector mío, que expreso no es la mía tanto como la vuestra. Estás rodeado de gentes, pero te conocen? Es importante que te conozcan? Y si ni siquiera tú sabes quién eres, cómo lo sabrán los demás? Observándote, está bien, pero será verdad esa imagen que hagan de ti? Quién y cómo sabe realmente la verdad correcta de lo que eres, vives, sientes, y haces sino tú mismo? Yo al menos tengo mis palabrotas de vez en cuando y me acompañan mejor que un amigo, pero a usted, mi lector, mi amigo, quién le comprende hasta en lo más ordinario y lo más profundo?
Por eso le explico estas cosas, no para sentirme menos solo, sino para que halle usted en usted mismo a su mejor amigo
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