Cuando sobran las palabras es porque ya no son necesarias...
QUIÉN no ha sufrido alguna vez el vacío, la desazón, el hartazgo de la abundancia, de la sobreventa, de la exacerbación hasta lo ridículo de las palabras? Aún más, las muchas palabras, por más sabias, por más sinceras y bien intencionadas, muchas de ellas muy bien escritas y bellas, nos abruman a tal extremo que ya no quisiéramos leerlas ni oírlas. Sí, mi buen amigo, aún la verdad, más la impropia que la perenne y nuestra, a ratos completa y arrasa con nuestras calmas. Pues, también, y por nuestro beneficio, hay un silencio y silencios a los que debiéramos atender, y de los que de preferencia debiésemos disfrutar.
SÍ, el silencio, el nuestro, igual nos habla, o al menos trata de decirnos algunas cosas, las más importantes tal vez, que el bullicio, la charlatanería, el engaño y qué otra artimaña humana se use, nos entretiene, como si de una distracción involuntaria o malintencionada por parte de otros se tratara. Pues, qué palabras serán las que a las finales mejor nos acompañarán? Acaso las propias, las que logramos decirnos a nosotros mismos? Pues sí, y cuáles otras crees mi incrédulo amigo? Acaso crees que algún otro sabe de tus cosas mejor y más que tú? Pues no.
POEMA, cuento, frase o historia, reflexión y cuánta palabra que llegue a tus entendederas, si no las has descubierto primero en tu propia alma nunca será salvadora, ni filosófica siquiera... Por eso no transforman tu inteligencia, tu lenguaje, tu existir ni tus tristezas. Esos poemas y frases y el palabreo cualquiera, hasta el mío, fueron lo que calmó algún espíritu extraviado, ajeno, fueron y ya no serán para más nadie. Tus propias palabras te han de encausar, mi querido amigo. Por eso las palabras, las mías y las ajenas te aburren y no las comprendes.
POR eso te emplazo a no oír nada más que a tu propio silencio, por más vulgar y poco estudioso que él sea...
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