Cualquiera puede llegar a conocer de verdades inimaginables: un asomo
Ya era la hora de salir a la calle, a por la vida, a existir, tras una noche impensada, que no busqué, inesperada, inesperadamente reflexiva, digna para título de novela existencialista a la que llamaría: "reflexiones inesperadas de tan sólo un hombre". Pues no fue una noche cualquiera, una cotidiana y normal, muy parecida a las demás, sí, en cantidad de ideas que surgían, mas no en sus contenidos ni en sus materias. Anoche fue una de esas en las que abundan las preguntas, benditas interrogantes, y se es menesteroso de respuestas, demasiado falto de certezas -diría yo.
Pues, decidme, qué es un filósofo sino un necesitado, un menesteroso intelectual, de todo cuánto exija el conocimiento mismo, y en virtud de la real verdad, conocerce su sentido y sus implicancias en la existencia, en cualquier existencia de cualquier ser humano? No digo que las cosas exijan ser observadas, ni examinadas, para el mejor devenir del hombre, sea cuál sea el lugar desde el que se observen las cosas -desde adentro o desde afuera del hombre-, como si las cosas tuvieren conciencia propia, ellas -las cosas- suscitan ser observadas por un hombre, más allá de si tal hombre, tal tarea, el filosofar y la indagación, la realiza bien o no; es decir, considerando o no esos aspectos intelectualistas que los filósofos mismos exigen. Dicho de otro modo, las cosas siempre estarán ahí, sean reales o no, intelectuales o no, como ideas, frente al hombre. Y no hablo tan sólo del hombre filósofo sino de cualquier hombre, incluso frente al que no cae en cuenta de ellas.
Y no voy a ahondar aquí a qué hombre ni en qué lugar se lleva a cabo el real y verdadero conocimiento filosófico, pues nos basta -por ahora- comprender que: sea la forma que optemos para observar el mundo y todo cuánto nos excita al conocimiento todo hombre, tú, yo, él, ése otro, cualquiera puede ver y descubrir verdad, puede conocer y formar parte de ese hábito, capacidad, libertad, función o como la llamen a la filosofía.
No es mi ánimo discurrir mucho, aunque debiera, sobre esto. La filosofía ha sido apresada, apropiada por elites y universidades, y no la dejan salir a dar un respiro a la calle. Ella ya debe -para su salvación, más para nuestro Chile, intelectualmente alicaído- necesitar aire limpio y fresco, salir de las bibliotecas, de los salones de clases y de las conferencias soñolientas que sólo hacen adormecer al estudiante animoso y joven -y al adulto ignorante pero atento- ansioso de ver resueltas sus reflexiones.
Mi motivo es poner en consideración que la filosofía le pertenece a todos, incluso a quiénes no les produce nada la ignorancia de todo cuanto ocurre frente a sus ojos y su intelecto. Dónde, al fin y al cabo, en qué lugar preciso, real, se encuentran, y disuelven, las respuestas filosóficas, las (sus) verdades con el hombre en cuanto tal? Dónde, en qué lugar se rozan esos dos elementos del conocimiento, el hombre y sus ideas? Acaso en el acto del conocer mismo? Y luego, qué hará el tal hombre con tales ideas descubiertas? Os digo y propongo, las ideas intelectuales que se las adueñen los filósofos, pero la verdad real y propia nos pertenece a todos los comunes y corrientes que compartimos nuestras problemáticas y sus soluciones, ya que somos capaces, aún sin darnos cuenta, de filosofar lo que nos ocurre aún sin método alguno, ni camino a la verdad real conocido.
Si tuviéramos la clara conciencia de lo que esto significa caeríamos en cuenta en que: lo que se nos es dado es ajeno y no es lo propio, tampoco legítimo, ya que lo que no es precedido por un pensamiento propio, en el aquí y ahora, no puede ser considerado siquiera conocimiento en sí mismo. Pongo así, y puedo errar, que la filosofía no es algo que se pueda enseñar, no si ella no es propia, no si no da resoluciones a lo propiamente problemático para nosotros, quienes pisamos esta tierra llamada Chile primero y latinoamérica después...
Pues, decidme, qué es un filósofo sino un necesitado, un menesteroso intelectual, de todo cuánto exija el conocimiento mismo, y en virtud de la real verdad, conocerce su sentido y sus implicancias en la existencia, en cualquier existencia de cualquier ser humano? No digo que las cosas exijan ser observadas, ni examinadas, para el mejor devenir del hombre, sea cuál sea el lugar desde el que se observen las cosas -desde adentro o desde afuera del hombre-, como si las cosas tuvieren conciencia propia, ellas -las cosas- suscitan ser observadas por un hombre, más allá de si tal hombre, tal tarea, el filosofar y la indagación, la realiza bien o no; es decir, considerando o no esos aspectos intelectualistas que los filósofos mismos exigen. Dicho de otro modo, las cosas siempre estarán ahí, sean reales o no, intelectuales o no, como ideas, frente al hombre. Y no hablo tan sólo del hombre filósofo sino de cualquier hombre, incluso frente al que no cae en cuenta de ellas.
Y no voy a ahondar aquí a qué hombre ni en qué lugar se lleva a cabo el real y verdadero conocimiento filosófico, pues nos basta -por ahora- comprender que: sea la forma que optemos para observar el mundo y todo cuánto nos excita al conocimiento todo hombre, tú, yo, él, ése otro, cualquiera puede ver y descubrir verdad, puede conocer y formar parte de ese hábito, capacidad, libertad, función o como la llamen a la filosofía.
No es mi ánimo discurrir mucho, aunque debiera, sobre esto. La filosofía ha sido apresada, apropiada por elites y universidades, y no la dejan salir a dar un respiro a la calle. Ella ya debe -para su salvación, más para nuestro Chile, intelectualmente alicaído- necesitar aire limpio y fresco, salir de las bibliotecas, de los salones de clases y de las conferencias soñolientas que sólo hacen adormecer al estudiante animoso y joven -y al adulto ignorante pero atento- ansioso de ver resueltas sus reflexiones.
Mi motivo es poner en consideración que la filosofía le pertenece a todos, incluso a quiénes no les produce nada la ignorancia de todo cuanto ocurre frente a sus ojos y su intelecto. Dónde, al fin y al cabo, en qué lugar preciso, real, se encuentran, y disuelven, las respuestas filosóficas, las (sus) verdades con el hombre en cuanto tal? Dónde, en qué lugar se rozan esos dos elementos del conocimiento, el hombre y sus ideas? Acaso en el acto del conocer mismo? Y luego, qué hará el tal hombre con tales ideas descubiertas? Os digo y propongo, las ideas intelectuales que se las adueñen los filósofos, pero la verdad real y propia nos pertenece a todos los comunes y corrientes que compartimos nuestras problemáticas y sus soluciones, ya que somos capaces, aún sin darnos cuenta, de filosofar lo que nos ocurre aún sin método alguno, ni camino a la verdad real conocido.
Si tuviéramos la clara conciencia de lo que esto significa caeríamos en cuenta en que: lo que se nos es dado es ajeno y no es lo propio, tampoco legítimo, ya que lo que no es precedido por un pensamiento propio, en el aquí y ahora, no puede ser considerado siquiera conocimiento en sí mismo. Pongo así, y puedo errar, que la filosofía no es algo que se pueda enseñar, no si ella no es propia, no si no da resoluciones a lo propiamente problemático para nosotros, quienes pisamos esta tierra llamada Chile primero y latinoamérica después...
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